jueves, 15 de enero de 2009

Alabanza sin barreras

ALABANZA Y ADORACIÓN
Alabanza sin barreras
por Penélope J. Stokes
¿Por qué, si sabemos que la alabanza es una de las disciplinas fundamentales para nuestra madurez cristiana, no es una práctica que nos caracteriza? La autora logra exponer nuestras más intimas barreras para la alabanza y adoración, y nos provee algunos recursos para derribarlas.

Cuando nos levantábamos de nuestros asientos para cantar la doxología al final del culto, escuché pasos y personas susurrando mientras se preparaban para la bendición final…

«Alabad a Dios, de quien todas las bendiciones fluyen…»

«Mami, ¡tengo hambre!»

«Alabadlo, todas las criaturas de la tierra…»

«Mira la hora que es —son las doce y cuarto. Nunca conseguiremos una mesa en el restaurante.» 

«Alabadlo todas las huestes celestiales…»

Sin embargo, cerca del santuario, a la izquierda, se encontraba un joven —estudiante de universitario, en mi criterio— que, en apariencia, no lo inmutaba el desinterés que lo rodeaba. Mantenía sus ojos fijos en el altar y la última frase la cantó con gran intensidad y entusiasmo:

«¡Alabad al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo!»

No mostraba ninguna prisa en marcharse, al contrario, más bien permaneció en su asiento y esperó calladamente mientras todos a su alrededor salían. Entre tanto me aproximaba a la salida, me di la vuelta para observarlo. Seguía sentado, con una expresión de esperanza pacífica, como si lo cubriera un calor radiante que nadie más lograba percibir.

En su quieta presencia

Experimentar la presencia de Dios en la alabanza y la adoración es factible para todos aquellos que conocen a Jesucristo; no obstante, la mayoría de nosotros no consigue entrar en Su presencia. A menudo nos desprendemos de la adoración colectiva sin siquiera experimentarla alguna vez y, aún más, fracasamos en nuestros tiempos privados de quietud en la Palabra y en la oración pues no entramos al Lugar Santísimo. Nuestra adoración se degenera en un ritual y nuestra vida espiritual se convierte en un desierto. Como ocurre con la mayoría de las personas en ese santuario, una vez entregados a nuestras alabanzas y adoración, no logramos percibir la quieta presencia de Dios y… la perdemos.

«Pero no sé cómo alabar —admitió un hombre durante un estudio bíblico—, No fui criado como cristiano y alabar no ha sido una práctica en mi vida todos estos años. Sencillamente no he adquirido ninguna experiencia en eso.» Pero cuando su equipo de fútbol anota, este mismo hombre salta de su asiento, grita y anima desde la sala de estar de su casa. Si alguien le preguntara sobre su esposa, él daría un fervoroso recuento de los méritos de su mujer e incluso a aquellos que no lo preguntaran, él les contaría sobre las hazañas de su nieto menor.

Claro que sabemos cómo alabar. Diariamente alabamos nuestras dietas, nuestros automóviles, nuestras vídeo caseteras, hijos, amigos, iglesias. Exaltamos el valor y las virtudes de lo que amamos de la vida; sin embargo, a pesar de eso, necesitamos aprender cómo alabar a Dios.

Barreras para alabar

Conforme buscamos comprometernos en una verdadera alabanza y adoración, nos vemos sorprendidos por trampas creadas tanto por la sociedad como por nuestras propias inseguridades: miedo a la gente, al silencio, a cultivar una relación íntima con Dios. Quizá, como para el fanático de fútbol, nuestra experiencia en alabar al Señor sea muy limitada, y podríamos temer a la novedad de esa práctica. Pero si pretendemos cultivar una vida llena de verdaderas alabanzas, necesitamos vencer los temores que nos impiden entrar en la presencia de Dios.

Miedo a la gente

«El temor al hombre es un lazo —advierte Proverbios 29.25— pero el que confía en el Señor está seguro.» Tanto en la adoración colectiva como en la personal, el miedo a las reacciones de los demás a menudo nos mantiene lejos de entregarnos a Dios en alabanza.

En el cuerpo de la iglesia, podemos reprimir nuestra adoración al Señor al preocuparnos mucho por cómo nos perciben los demás. La presión de grupo no está confinada a los años de la adolescencia, y el miedo a las respuestas de los demás puede convertirse en un freno significativo para la vida de alabanza. Tememos que nos etiqueten de fanáticos cuando en realidad nuestro temor debiera enfocarse en  Dios. Arrastramos los pies en la casa del Señor, mirando por encima de nuestros hombros quién nos observa, y nos preguntamos qué estará cuestionando de nuestra manera de cantar la persona de al lado.

Cristianos «en el clóset». Incluso en la alabanza y adoración personal, el miedo a las reacciones de los demás puede ser obstáculo a la hora de entregarnos de corazón al Señor. Cuando por primera vez tomé conciencia de la verdad acerca del amor de Dios hacia mí, lo que obtenía de la Palabra o de la adoración no me satisfacía. Entonces mi compañera de habitación era una cristiana tibia con un abierto desdén por testificar en el campus. Por esa razón, mis primeros meses como cristiana los pasé literalmente «en el clóset» con el Señor —leía la Biblia a puerta cerrada y alababa en la ducha. Si el aseo caminara de la mano con la santidad, ¡mi proceso de maduración se hubiera acelerado!

Muchas esposas viven con el miedo de verse «más espirituales» que sus cónyuges. Por otro lado, muchos cristianos maduros y fructíferos permanecen en casa y en silencio, renuentes a compartir con sus seres más cercanos cómo está trabajando el Señor en su vida. Justificamos nuestra alabanza oculta porque no queremos aparentar ser «más santos que los demás». Así nos convertimos en víctimas del miedo a lo que otros podrían pensar.

Un enfoque distorsionado. Algunas veces caemos víctimas de nuestros propios pensamientos. La sociedad actual está saturada por una firme ética laboral. Pero, incluso, en los tiempos posmodernos, la falta de industria —aun por unos cuantos momentos— se observa con sospecha. En lugar de usar nuestro tiempo «libre» para una verdadera «re-creación» del alma, llenamos nuestras horas desocupadas con más trabajo —en la plaza de fútbol, en el teatro, en el gimnasio—. La necesaria «inactividad» para la meditación, para conseguir quietud junto al Señor, puede ser condenada como vagabundería, como soñar despierto, como distracciones, en lugar de ser fomentada como una justa necesidad en nuestra relación con el Señor. Incluso, podríamos convertirnos en víctimas de nuestra propias expectativas acerca de nosotros mismos, al demandar irracionalmente alguna prueba visible del tiempo bien invertido, alguna cuenta tangible del valor de nuestra inversión de sesenta segundos.

Lucas, en su evangelio, narra cómo Jesús establece un importante principio para todos aquellos que quieren liberarse del temor a la gente con el fin de alabar y adorarlo libremente. Mientras María está sentada a los pies de Jesús, Marta está ocupada en la cocina. Cuando Marta se queja de la inactividad de su hermana, Jesús la reprende, no por estar ocupada, sino por su falta de enfoque: «Marta, Marta —dice el Señor—, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria…» (Lucas 10.41–42).

Esa «sola cosa», enfocarse en el Señor, es la clave para vencer el miedo a la gente. María no tenía temor de lo que otros pensaran por sentarse a los pies del Señor. Ella escogió «la parte buena». Con su enfoque y prioridades en orden, María sabía que «lo bueno» —hacer feliz a su hermana y evitar el conflicto— debe dar lugar a «lo mejor»: darle atención íntegra a su Señor.

«¿Cómo puedes adorar tan libremente? —me preguntó un joven cristiano— pareces tan desinhibida en la alabanza.»

«Es simple, me siento en la banca del frente» —le contesté.

Necesitamos «sentarnos en la banca del frente», para liberarnos de las distracciones que hay a nuestro alrededor, darle la espalda a la crítica que otros puedan hacer porque adoramos al Señor de todo corazón. Necesitamos preocuparnos en complacerlo a Él. Y con ese enfoque, podemos liberarnos del miedo a la gente.

Miedo al silencio

«En la sociedad contemporánea —comenta Richard Foster en Celebración de una disciplina—, nuestros mayores adversarios en tres áreas son: el ruido, las prisas, y las multitudes… Si esperamos ir más allá de las superficialidades de nuestra cultura, debemos estar dispuestos a profundizar en los silencios re-creativos…»

Muchos de nosotros tenemos miedo al silencio, a estar solos, a lo que podríamos encontrar al examinar los lugares oscuros de nuestra alma: pecados sin confesar, amargura, renuencia a obedecer la dirección del Señor. La mayoría no sabemos cómo manejar el silencio. Vivimos con la compañía del radio, la televisión, el estéreo —cualquier ruido conveniente que distraiga nuestras mentes de los asuntos realmente importantes de la vida.

Incluso, cuando no buscamos activamente el ruido de la distracción, parece que este nos encuentra. El silencio y la soledad son comodidades extrañas en un mundo lleno de música y estéreos.

No obstante la tranquilidad, el descanso en el espíritu, y la quietud son factores esenciales para desarrollar una vida de alabanza y adoración. «Una cosa he pedido al Señor —declaró el rey y salmista David— y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo» (Salmo 27.4). David buscaba contemplar al Señor cuando se le presentaba la oportunidad: «Cuando en mi lecho me acuerdo de ti —dice— en ti medito durante las vigilias de la noche» (Salmo 63.6).

La mayoría de nosotros, cuando nos despertamos en las «vigilias de la noche», rara vez pensamos en meditar en el Señor. En lugar de eso, evitamos la quietud de la media noche —quizá el único momento tranquilo de un día agitado— y buscamos una píldora para dormir o encendemos la televisión. No aprovechamos las oportunidades para «contemplar la hermosura del Señor» porque le tememos al silencio o porque no podemos hallarlo.

Si queremos desarrollar el hábito de alabar, necesitamos aprender a crear esos «silencios re-creativos». Necesitamos enseñarle a nuestros niños —con el ejemplo y con el precepto— el valor de apartar tiempo para estar en quietud con el Señor, para orar, para escuchar, para alabar. Además de esos tiempos de separación física, necesitamos también desarrollar la sensibilidad de la introspección, hacia el Señor, incluso en medio de todo el ruido y distracciones diarias.

A menudo resulta muy difícil apartar momentos para el silencio; de hecho, a muchos cristianos nunca se les ha enseñado o modelado en la vida de otro la importancia de entrar en la quietud con el Señor. Pero hasta que pongamos de lado al viento, al fuego y al terremoto de la vida diaria, nunca escucharemos «el susurro de una brisa apacible» de la voz del Señor (1Re 19.11–12), nunca aprenderemos a alabarlo en los lugares serenos de nuestro corazón.

De mi amiga Karen aprendí el valor del silencio en la presencia de Dios. Revestida de un espíritu tranquilo —el lado opuesto del espectro de la personalidad extrovertida—, nos trajo paz, la cual permaneció en casa durante su estadía. Algunas veces hablamos, en otras oramos, pero más a menudo simplemente nos sentamos al lado de la chimenea en silencio, disfrutando la presencia del Señor que ambas amamos. Y con su regalo de quietud, Karen me ayudó a llegar, muy tranquilamente, a Su presencia.

«Estad quietos —el Señor ordena— y sabed que yo soy Dios… exaltado seré en la tierra» (Salmo 46.10). Empezaremos a conocer la exaltación de Dios en nuestra propia vida cuando aprendamos a «estar quietos», a desconectar la televisión, apagar la radio, y esperar.

Miedo a la intimidad

«Realmente quiero alabar a Dios —me comentó un amigo, joven cristiano—. Quiero ser libre para adorarlo, pero, bueno, resulta tan difícil en algunas ocasiones.»

«¿Por qué te resulta tan difícil, si amas a Dios?» —le pregunté.

«Ojalá supiera —respondió—.Creo que realmente le temo a la experiencia.»

Inherente a la alabanza y adoración yace una intensa —y algunas veces aterradora— intimidad con el Todopoderoso. Cuando el salmista afirma que el Señor «habita» o «está sentado sobre» las alabanzas de Su pueblo (Salmo 22.3), no alude simplemente a una verdad teológica. Declara que Dios habita en nosotros, y en la adoración y alabanza experimentamos la realidad de esa morada; sentimos, percibimos, conocemos que Él vive en nosotros y nos conduce a la vida en alabanza. Foster declara:

Adorar es experimentar la realidad, tocar la Vida. Es conocer, sentir, experimentar a Cristo resucitado en medio de una comunidad reunida. Es entrar en la presencia de Dios, o mejor aún, ser invadido por la presencia de Dios.

Como cristianos, centramos nuestra vida y adoración en Emmanuel, Dios con nosotros. Pero a pesar de eso guardamos miedo de acercarnos demasiado, de revelarnos demasiado, de negarnos a nosotros mismos demasiado pronto. Como en cualquier relación íntima, podríamos luchar con baja autoestima, con sentimientos de que no valemos o que no somos amados. Aunque concordamos en la omnisciencia de Dios, nos sentimos forzados a ocultar nuestra indignidad ante Sus ojos.

Otros de nosotros quizá no gocemos experiencias saludables de intimidad. En un nivel humano, la intimidad a menudo resulta en dolor —abuso, tristeza, abandono, indiferencia—. Conciente o inconscientemente, levantamos muros para auto-protegernos. Cuando nos hirieron, nos prometimos a no volver a ser vulnerables, y hasta podemos rehuir de la cercanía con el Padre celestial amoroso.

Pero, al igual que cuando nos enamoramos en el nivel humano, al abrirnos a una relación íntima con el Señor, esta no surgirá de súbito. Conforme derribemos un poco las barreras —sin importar qué tan pequeña aparezca la apertura inicial— empezamos a experimentar el calor y la seguridad de su amor por nosotros. La intimidad progresa gradualmente: entre más veamos la gloria y la gracia del Señor, más aspiraremos conocerlo. Entre más nos entreguemos a él, más ansiaremos darle. Entre más nos convirtamos en uno con él, más anhelaremos una unidad más sólida con él.

La experiencia intensifica el deseo; «probad y ved que el Señor es bueno», exhorta el salmista (34.8). Al dar a conocer la profundidad de su amor por nosotros, el Señor nos impele a probarlo —solo un bocado de su bondad, del gozo de alabarlo y adorarlo en su presencia—. Una probadita lleva a otra, y así despierta un apetito insaciable por su presencia, un hambre que nunca puede ser hastiada por exceso de comunión. Incluso, sumidos en recuerdos dolorosos y corazones rotos, resulta posible alabar al Señor conforme lo vamos conociendo y confiando en él. Y mientras nuestro temor a la intimidad se desvanece, vamos aprendiendo a descansar asegurados en Su amor, a relajarnos en el abrazo que prodigan sus brazos eternos.

No se requiere rapidez, sino profundidad

La sociedad nos llama a ir más rápido, más alto, ser más ricos y cultos. El mundo nos presiona a actividades más frenéticas, a un estilo de vida que dificulta la alabanza y la adoración. Pero Dios nos llama a ir más profundo. Él nos anima a parecernos a Cristo, de modo que nos unamos a Pablo en su confesión: «porque en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17.28).

La sociedad nos exige involucrarnos en múltiples tareas y a mantener dispersa nuestra atención. En cambio, Dios nos llama a un solo punto de enfoque, a un lugar de soledad y silencio y un tiempo en solitario, que no da oportunidad a las distracciones del mundo que nos rodea. Al enfocarnos en él conseguimos derribar las barreras y así, un estilo de vida de adoración y alabanza. Podemos levantar nuestra voz en una doxología de gratitud y admiración, volver nuestro rostro a su altar, y esperar en tranquila paz, llena de alabanzas en Su presencia.


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Publicado por jrubeda @ 23:44 | 0 Comentarios | Enviar

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